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Un mal Doncic impulsa al nuevo fenómeno viral de la NBA

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En 2018 Luka Doncic irrumpió en el panorama de la NBA haciendo barbaridades desde el primer día. Llegaba de ser el amo en la España y Europa, de ser profesional, y la transición le fue más sencilla que a otros. El l número 3 del Draft de 2020, misma posición que ocupó Doncic en su día, fue LaMelo Ball, un chico rodeado de hype desde que tenía 14 años y que también era ya profesional pero procedente de una liga menor (la NBL oceánica). Con este segundo se ha exigido mucho desde la pretemporada, sin dar opción al error, machacando que sea un jugador de highlights y que luego le cueste anotar con fluidez pese a que lleva cuatro partidos en la liga. Sin que el consecuente periodo de aclimatación tenga un mínimo de recorrido, al joven base de los Hornets se le han tirado a la yugular por no ser lo que no es. Casos distintos los de Doncic y Ball, pero cuando se han cruzado los caminos ha habido un cambio. Ambos operan en la misma posición, generando juego para sus compañeros y teniendo arranque y facilidad para anotar, pero uno está ya en la estratosfera y el otro estaba esperando en el aeropuerto. 

Los Mavericks llegaban con el pecho hinchado después de abrasar a los Clippers en el Staples Center. Venir de una paliza de esas dimensiones hizo que se relajaran en exceso y que subestimaran a unos Hornets sin pívot titular y con una plantilla más floja. Salieron escaldados. Fue un partido para ver boca abajo lo que siempre se ve boca arriba y viceversa: Josh Richardson hizo un matazo en el primer cuarto y terminó con 1/10 en tiros, Gordon Hayward venía de anotar mucho y aquí metió el 25% de los tiros… y Luka gripó el motor y LaMelo puso el turbo. 

Sabiéndose mal Luka Doncic decidió practicar el lanzamiento después del partido. No uno ni dos, hasta cuarenta minutos estuvo. Mientras lo hacía Rick Carlisle daba explicaciones en la sala de prensa: “Está claro que todavía no ha cogido su ritmo”. Los Hornets fueron los que sacaron de punto, que se dice en la jerga ciclista, a los Mavericks, una cuestión de ritmo en la que LaMelo Ball sí tuvo cosas que decir para contestar a sus impacientes críticos. 

Una salida en falso de los Mavs ya dio pistas. Maxi Kleber partió como suplente y entró a la pista en cinco minutos para salvar el honor de su equipo en el primer cuarto. Habían empezado bien, con un 8-2 de parcial, pero el entrenador creyó que algo no funcionaba. Así era. Los locales, pese a empezar mejor, fueron perdiendo gas progresivamente. Tenían que tirar del talento individual y de los errores no forzados del contrario. No pintaba bien para ellos.

Charlotte no necesitó siquiera una buen versión de Graham y/o Hayward, que llevarán el peso anotador esta temporada con mucha asiduidad. Tampoco a un Biyombo en su mejor punto. Es, probablemente, lo peor que se le pueda achacar a Dallas. Sobre el papel y con los ingredientes la receta debería haber salido digna de MasterChef y quedó como si la hubiera hecho un aprendiz. 

En el segundo cuarto empezaron los movimientos sísmicos. Cuatro minutos seguidos sin anotar se tiraron los Mavericks. Doncic fue el que rompió ese mal tramo, pero la diferencia ya estaba por encima de la decena. Punto peligroso para ellos. Los Hornets estaban moviendo muy bien el balón, con Terry Rozier a la cabeza y con Ball (22+8+5) metiendo los tiros y Bridges (20+16) haciendo de todo en todos los lados. James Borrego se quedó con la copla y dio más protagonismo a estos dos al entrar en la segunda mitad, donde el encuentro se desequilibró definitivamente. Rozier metió dos triples seguidos y asistió a Graham para otro nada más salir del descanso en lo que fue un 0-14 de parcial que decapitó las opciones del rival. 

La diferencia ya era insalvable para los texanos y Luka Doncic ya había entrado en el clásico bucle de protestas que se da cuando ves que no te sale nada. Su equipo anotó doce puntos en el tercer cuarto, casi al nivel de los Clippers cuando se midieron a ellos el pasad domingo. Así, difícil. Un último acto inservible dio carpetazo al primer partido consistente de LaMelo Ball, que se mira en el espejo del esloveno aunque sólo sea de pasada, en la la liga norteamericana.

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