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Barcelona:Koeman pierde el control

Según las estadísticas oficiales, el Ronald Koeman futbolista lanzó 52 penaltis en LaLiga y sólo falló seis. Koeman jugó en el Barça entre 1989 y 1995. Con un 88,4%, e históricamente, es uno de los tres grandes lanzadores de penas máximas en el club, junto a Messi y Kubala. ¿Cómo es posible que Koeman permitiese que Braithwaite lanzase un penalti por delante de Griezmann, jugador que costó 120 millones de euros; de De Jong, que costó 86; de Pjanic, un jugador con un reputado currículo de tirador de golpes francos? Es un absoluto expediente X. El caso es que pasó. Y que Braithwaite, un jugador que no debía estar en el Barça y que si lo ha estado es por una lesión grave de Suárez y otra de Dembélé, tiró el penalti y lo falló. Braithwaite no sólo llegó al Barça por accidente. Estaba en venta. Pero sigue.

Pero Braithwaite, que está haciendo lo que puede en el Barça, no es el problema. Es el síntoma. Koeman permitió lo que sucedió en ese inicio de partido, una señal de pérdida de control (el que hubo en el partido) que conecta perfectamente con todo lo que empieza a desbordarse.

Nadie puede explicarse por qué el técnico repitió con el sistema de Valladolid en el Camp Nou. Jugar con Mingueza, Araújo y Lenglet de local resulta un atentado a la identidad histórico del equipo. Podría resultar un recurso, como él mismo explicó en Valladolid, pero no un plan. Menos con tres centrales con un perfil tan marcadamente defensivo y sin ningún liderazgo. Pero el entrenador no intervino.

Con Messi en la grada, en otra de esas explicaciones extrañas del Barça que el técnico empieza a acompañar sospechosamente, nadie le dijo a Braithwaite que tal vez no era el indicado para tirar. Al menos, no el jugador franquicia para poner el partido en marcha para el Barça. Pero tragó con eso. Y Braithwaite falló. Y el Barça no ganó.

El error de Braithwaite viene a sumarse a ese cambio de sistema que tira por tierra su teoría del 4-2-3-1. Koeman ha dado un giro diabólico al asunto. No sólo se ha tirado del barco de un sistema que prometió como llave de contacto para arrancar un nuevo Barça. Al contrario, ha desandado el camino y, asustado por lo que pasó después de los partidos contra la Juventus y el Valencia, quitó un jugador de ataque y puso un defensa en Valladolid. Es una renuncia radical a una idea. Pero puede tener sentido si resulta algo circunstancial. Él mismo se encargó de convertirlo en normalidad en un partido de Liga contra el Eibar. Y eso se sumó a que el líder al que ha vuelto a entregarse, Messi, no jugase el partido por unas blandas razones.

Las mismas que le hacen perder credibilidad ante la opinión pública y, seguramente, la confianza en el vestuario. Desnortándose poco a poco, Koeman pierde el control. Nada que ver con ese jugador absolutamente eficaz delante del punto de penalti, el mismo que descuidó para que el animoso Braithwaite se jugase la suerte de un club de mil millones de euros de presupuesto a la ruleta rusa.

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