Hacer silencio para escuchar la voz de Dios

Elías, profeta del Antiguo Testamento, huyó de la reina Jezabel, quien quería matarlo, y se fue al monte Horeb. Allí una voz lo invitó a salir de la cueva en la que se había refugiado y a estar en la presencia de Dios. Entonces Elías asistió a fenómenos naturales impresionantes. Pero Dios no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. Luego Elías escuchó un silbo apacible y delicado (1 Reyes 19:12). Mediante esta voz Dios se reveló a su siervo desanimado.

Por lo tanto no son los acontecimientos externos ni las circunstancias de la vida los que nos revelan mejor a Dios, sino lo que él nos dice. No nos habla con una voz como la nuestra, sino mediante una convicción interior nacida del impacto que tiene la Palabra de Dios en nuestra conciencia y nuestro corazón. La tranquilidad es imprescindible para escuchar esta voz divina. Al igual que un niño se calla para escuchar lo que le dice su padre o su maestro, nosotros también nos callamos para escuchar el mensaje de Dios, porque deseamos comprender su profundidad. El silencio interior deja que la Palabra de Dios se arraigue y lleve fruto en nuestra vida (Santiago 1:21).

Jesús no nos obliga a escucharlo, no fuerza nuestra puerta. Pero es fundamental que estemos atentos a su voz. “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).

Jeremías 27 – 1 Corintios 2 – Salmo 99:1-5 – Proverbios 22:1-2
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